En 1858, David F. Dorr hizo algo impensable: le arrebató el relato de las manos a su opresor. Mientras recorría Europa y Oriente como esclavo propiedad de un magnate del algodón de Luisiana, su pluma transformó lo que debía ser el diario de viaje de su amo en una crónica propia, vibrante y subversiva. Diez años antes de que Mark Twain asombrara al mundo con su humor viajero en Guía para viajeros inocentes, Dorr ya caminaba por los salones de París y las arenas de Egipto, estrechando manos de reyes y diseccionando la vieja Europa con una mirada que nadie le había permitido tener. A la vuelta a Estados Unidos, Dorr consiguió escaparse de su plantación del Sur para refugiarse en Ohio, donde autopublicó esta crónica: un ejercicio de humor, audacia y reivindicación sin precedentes. Esta es la historia del hombre que se atrevió a mirar a los ojos a los poderosos del mundo mientras en su hogar todavía era considerado una propiedad