Es ya un cliché hablar del fin del fin de la historia. Y, aun así, no parecemos acostumbrarnos a la idea de que el mundo en el que nacimos y sus inercias, las más malignas y las más amables, se han torcido. Por supuesto, podemos detectar los orígenes históricos -remotos o recientes- de la violencia y de las agresiones del presente, incluso sus tendencias seculares, pero, cuando nos aferramos a descripciones eternas de la política internacional contemporánea, eso dice más de nuestra impotencia que de nuestra finura política. Descubrir cómo están estallando esas tendencias -climáticas, geopolíticas, psicológicas-, cómo están fragmentando el planeta y derritiendo los pegamentos que lo unían puede ayudarnos a intervenir con decisión en esas grietas y buscar, de hecho, nuevos pegamentos y alianzas, a veces de manera prometedora y a veces por un sentido de urgencia. Hoy, cuando miramos al mundo y encontramos enemigos en todas partes, parece inevitable dibujar un nuevo mapa de la política planetaria, pero sabiendo que lo tenemos que hacer avanzando entre turbulencias y al tiempo que reconstruimos ese mismo planeta, el único que tenemos.